miércoles, 16 de noviembre de 2011

Capítulo 9

Cuando me di cuenta de que se habían ido ya era tarde para hacerles volver. Me había quedado allí, quieto, en el lugar exacto dónde le había pedido con un susurro que volviera.
Solté de un golpe todo el aire que se acumulaba en mis pulmones. Apenas me había dado cuenta de que había olvidado respirar. Retrocedí después de asegurar el cierre de la puerta y caminé a paso lento hacia el bunker. No tenía ganas de llegar realmente, ni de compartir la alegría de nadie. Fingir una sonrisa a medias no era un plato de gusto para un día como el de hoy. Tantas cosas habían cambiado en tan poco tiempo… Tan poco como unas horas.
Todo se había desbordado, haciéndome ver que podía ser inmune a la enfermedad, pero no al miedo. Y tenía tantos miedos… no quería fallarle a aquellos que habían puesto en mí su confianza, era yo el que debía estar fuera, enfrentándome al peligro y no ellos.
Por más que trataba de retrasar mi regreso, me encontré casi sin quererlo frente a la puerta. Abrí sin muchas ganas y unos brazos me arrastraron hacia dentro. Todo el mundo me esperaba con una sonrisa de alegría en los labios y una mirada esperanzada en los ojos. Sobre mí recaía la decisión de preocuparles o no. De contarles la verdad de lo ocurrido en aquel pasillo o dejarles vivir en la ignorancia. En aquel momento, con la mente nublada por tanta felicidad, una frase cruzó por mi mente. Han sufrido demasiado, déjales ser felices por un día. Dales lo que necesitan, esperanza.
Decidí que ese pensamiento era el más acertado que iba a tener aquel día, así que traté cuidadosamente de sonreír no solo con la boca si no también con los ojos, para que no vieran ni un ápice de toda la preocupación que en ellos ocultaba.
Al ver mi sonrisa, los murmullos que inundaban la sala se acallaron. Todos esperaban mis palabras, y yo no sabía que decirles… Traté de hilvanar unas cuantas ideas para formar algunas frases con sentido.
-         Hoy es un gran día para todos. El hecho de descubrir que no estamos solos nos abre una nueva esperanza, un nuevo objetivo. Ya no se trata solamente de sobrevivir bajo tierra, si no de volver a vivir. De volver a empezar. Todos lo hemos soñado desde que empezó esta pesadilla. Todos nos hemos visto asediados por esas criaturas en algún momento y seguimos aquí. En este mundo no hay lugar para las casualidades, y si hemos sobrevivido, es por que hay algo, en algún lugar por lo que teníamos que seguir vivos. Yo creo que la razón por la que sufrimos es para ahora mismo vernos recompensados de esta manera.
-         ¿Vendrán aquí?
Me giré hacia la persona que había preguntado.
-         Todavía no lo sabemos. Estamos decidiendo el siguiente paso, pero creemos que lo mejor sería dejar el bunker si decidimos ir a buscarles.
Muchas voces se alzaron ante esta afirmación. Sabía que sería duro lidiar con ellos cuando les diera esa información. Pronto se dividieron en dos grupos, los que estaban a favor de dejar el subsuelo y los que no. Ambos bandos trataban de ganar mi atención. Sus portavoces se acercaron a mí exponiéndome sus razones acerca de por qué debíamos o no quedarnos. Realmente no les escuché, mi cabeza estaba en otro sitio. Les disculpé con suavidad, diciéndoles que tendríamos una reunión y que lo que decidiera la mayoría se haría y me alejé. Comenzaba a dolerme la cabeza.
Sólo quería acostarme un rato… ¿Cuántas horas llevaba sin dormir? Ni siquiera lo sabía. Todo ese cansancio acumulado pareció resurgir ahora que pensaba en él. Cuando estaba a punto de llegar a mi cama, alguien me cogió del brazo. Me giré para ver a David que me inspeccionaba con ojo clínico.
-         ¿Cuánto hace que no cierras los ojos?
-         Ni me lo recuerdes. ¿Pasa algo?
-         Dímelo tú. Yo no me trago esa sonrisa. He visto la cara con la que has entrado. Algo ha pasado ahí fuera. Mónica se ha ido armada y todavía no ha vuelto. Tú fuiste a por la nueva y has vuelto solo. ¿Dónde están?
-         Es mejor que no lo sepas.
-         Me repatea esa actitud secretista. Como si fuera a chivarme en cuanto me quitaras los ojos de encima. Vamos, no somos niños, confía un poco en mí.
-         No confío ni en mi sombra David.
Suspiré y miré al suelo. No era fácil confiar en alguien que no fuera yo mismo para contar algo. Aún pagaba las consecuencias de la última vez que lo había hecho. Sin embargo, David me había visto salir en plena noche y volver herido, me había curado sin preguntar y jamás me había pedido explicaciones ni se lo había dicho a nadie. Parecía que entendía que necesitaba esos momentos de soledad, y matar zombies me ayudaba a desconectar. El chute de adrenalina me llenaba cuerpo y mente de energía pura y llegaba un momento en que no sentía los mordiscos ni los arañazos.
-         Está bien, ven.
Me senté en un lateral de la cama y cuando se sentó junto a mí, bajé la voz hasta que se confundió con las de las conversaciones que tenían lugar a pocos metros de nosotros.
-         ¿A que viene tanto secreto?
-         Hemos encontrado supervivientes. Otro grupo. Cerca de 20, con niños.
-         ¿Niños? ¿Y qué pensáis hacer? No pueden venir aquí
-         ¿Por qué te crees que faltan ellas? Han ido a buscar un refugio mayor, dónde podamos establecernos todos.
-         Los niños no podrán defenderse solos.
-         El vigía nos ha dicho que los mayores saben disparar.
-         ¿Vigía?
-         Sí, Abel, se ha ido con ellas y creo que iba también… Fer.
Al escuchar el nombre del vigía, sus ojos se ensombrecieron, como si ese nombre le trajera malos recuerdos de alguien que conocía.
-         ¿Estás bien David?
-         Sí, sí, son solo recuerdos, tranquilo.
-         Bueno, pues el vigía dice que tienen armas suficientes para defenderse bien.
-         No nos hacen falta más armas. Tenemos suficientes.
-         Sí, pero ¿hasta cuando? Cuando comience a faltar munición… comenzarán las peleas. No quiero que mi gente se pelee por algo que sirve para robar vidas. Les necesitamos unidos y esperanzados. Necesitamos mantener sus corazones alegres.
-         Tú como político no tenías precio…
Ambos reímos. Fue una risa corta, pero que alivió un poco el peso que el cansancio y la tensión ejercían sobre mí.
-         ¿Y el otro grupo?
-         Santiago… es la otra punta de España. No llegaríamos todos. Y más si ahora somos 20 más.
-         Lo sé, pero deberíamos intentarlo.
-         David, es imposible. No voy a arriesgarme a una matanza. Hacer lo que propones y servirles la comida en bandeja es prácticamente lo mismo.
-         ¿Y qué propones tú? Por que has dicho que se puede plantear abandonar el bunker.
-         Abandonar este lugar no es lo mismo que cruzarse España.
-         ¿Por qué no? Solo necesitamos organizarnos.
-         Necesito pensarlo. Ahora no es el momento de decidir.
-         No, claro que no, ahora lo que necesitas es dormir. Me encargaré de que no te molesten a no ser que sea importante.
Se fue y me dejó allí, solo.
Me tumbé y al recostar mi cabeza sobre la almohada sentí crujir algo debajo, como un papel. Volví a incorporarme y levanté la almohada. Bajo ella, efectivamente había una especie de nota doblada cuidadosamente. Me senté del todo y la desdoblé.

Gracias por demostrar que dentro de mí sigue latiendo un corazón humano.
Eres fuerte, lo veo en tus ojos. Busca tus reservas y úsalas.
Sólo necesitas creer en ti.
En ese momento, sabrás resolver todos tus problemas.

Releí la nota tres veces. Terminó por hacerme sonreír. Volví a doblarla y me la guardé en un bolsillo. Sabía que aquel rato de descanso, por primera vez en mucho tiempo iba a traerme un poco de paz. Lo último que recuerdo antes de caer dormido, es que me sentía bien.

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