sábado, 12 de noviembre de 2011

Capítulo 8

Me quedé mirando la pantalla del ordenador sin decir nada. Realmente no por que no quisiera, si no por que no me salían las palabras. Había más gente, más supervivientes, más humanos. La sonrisa de la mujer era amplia y sincera. Llevaba gafas de montura cuadrada y sus ojos eran vivos y suspicaces. Llevaba el pelo suelto y su color era negro como el azabache.
Cuando pude reaccionar, le devolví la sonrisa.
-         ¿Cómo te llamas?
-         Soy María. ¿Dónde estás?
-         En Barcelona. Somos unos cuantos.
No me pasó desapercibido que al decirle nuestra posición sus ojos mostraron cierto pesar. Quizá estaban lejos, y en ese caso, era prácticamente imposible encontrarnos. Pero no había que perder la esperanza.
-         Espera aquí, voy a dar aviso, seguro que todos se alegran de verte.
-         No pienso moverme.
Las dos sonreímos y yo me alejé del ordenador, dando pequeños vistazos para asegurarme de que no había sido una especie de alucinación.
Caminé con paso firme, buscaba al líder, pero entretanto, cualquiera me servía. Mónica estaba en un rincón y me acerqué rápido hacia ella.
Cuando le conté las novedades, su rostro se iluminó y se alejó de mí diciendo que ella se encargaba y que daría parte, que no me preocupase. Supuse que tendrían que iluminar la zona para que pudiesen verse bien la una a la otra, así que decidí salir a dar una vuelta. Cogí un par de armas y salí por una de las puertas que daba a los túneles.
Tenía que saber dónde estaba ubicada para intentar recordar algo, atar cabos…
Antes de cerrar la puerta, alguien me cogió del brazo. Me giré y vi a Lorena con un walkie y cara de preocupación.
-         No voy a intentar detenerte. No sé que quieres hacer, pero ya te digo que no voy a impedirlo. Sólo quiero que te lleves esto, por si acaso. Si tienes cualquier problema, si te atacan, si te pierdes por los túneles, lo que sea. Llama e iremos.
-         Gracias.
Al cogerlo, me soltó y dio media vuelta. No iba a detenerme, cumpliría su palabra. Recorrí aquel pasillo, que era exactamente igual que cualquiera de los otros que llevaba a las puertas del bunker y salí hacia el túnel. Había un extraño olor en el ambiente. El aire estaba viciado y un ligero olor a putrefacción invadía el ambiente. Me dio una arcada, pero me contuve. Si llegaba a la estación más cercana, podría saber dónde estaba.
Comencé a caminar hacia mi izquierda, tratando de hacer el menor ruido posible. Una pequeña voz en mi cabeza me chillaba que aquello no era buena idea, salir sola, sin saber ubicarse ni prácticamente volver, con nada más que un par de pistolas y poca munición… esa vocecilla insistía en que si quería suicidarme, había formas más interesantes que acabar devorada, pero no le hice caso.
Cuando me acercaba a la estación, escuché ruidos. No era exactamente un llanto, pero se le parecía. Me escondí en las sombras y traté de avanzar poco a poco, cuidando cada una de mis respiraciones que en ese momento me parecieron muy ruidosas. Cuando me asomé, lo que vi me hizo soltar un suspiro ahogado.
Una mujer, una de aquellas zombies estaba arrodillada junto al cadáver de una chica rubia muy joven que tenía un tiro en la cabeza. De esa mujer provenía la especie de llanto que había oído. Miraba a la otra muchacha con verdadera pena y acariciaba su rostro. Cuando se levantó, se alejó de la estación arrastrando el cuerpo de la joven con ella sin dejar de emitir ese extraño sollozo. Quizá no eran tan monstruosos como todos pensábamos. Quizá incluso eran más humanos que nosotros.
Sin pararme a pensar en las consecuencias, decidí guardar la pistola y acercarme a ella. En aquel momento, no creí posible que me matara. Me acerqué lentamente, tratando de no llamar la atención. Cuando estuve lo suficientemente cerca como para que me pudiera escuchar sin tener que gritar, decidí hablarle.
-         Hola.
La mujer dejó el cuerpo de la chica en el suelo y se puso delante de ella, a modo de protección. Luego me miró fijamente y comenzó a gruñir y hacer amagos de ataque, creo que para conseguir asustarme y que así la dejase en paz. Pero no me alejé ni dejé que me intimidara… al menos externamente.
-         No quiero hacerte daño. Sólo intento entenderte.
Otro gruñido, mezcla de curiosidad y enfado siguió a mis palabras. No veía como iba a ser posible que me comunicase con ella si no hacía más que gruñirme, a no ser que lo hiciésemos mediante gestos.
-         Si entiendes lo que te digo di que sí con la cabeza, así nos entenderemos. ¿Entiendes lo que te digo?
Me seguía mirando fijamente a los ojos, pero en su mirada había una chispa de entendimiento. Tardó un rato, como si estuviera sopesando o tratando de entender lo que le había dicho, pero al final, asintió con la cabeza.
Me invadió una sensación de triunfo. Podíamos comunicarnos con ellos. Eso quería decir que su involución no era completa, todavía quedaba esperanza.
Señalé a continuación a la chica del suelo, y la mujer se volvió a mirarla.
-         La conocías… ¿era tu hija?
Otro cabeceo. Y tras eso, sonó un disparo. La mujer cayó a mis pies y vi a alguien acercarse a través del túnel por delante de mí. Preparé mis armas. Debía estar preparada para enfrentarme a la nueva amenaza. Apunté a la oscuridad, hasta que vi que la figura era humana. Avanzaba con las manos alzadas sobre la cabeza y aparentemente desarmado. Era un hombre, no muy alto, de complexión fuerte, hombros anchos y pelo rubio oscuro recogido en una cola. Sus suspicaces ojos azules miraron a todos lados antes de detenerse en mí. Me sonrió, pero no por ello dejé de apuntarle.
-         Tranquila, he acabado con el enemigo.
-         Y una mierda. Era pacífica, no intentó atacarme y podía haberlo hecho, me estaba entendiendo con ella… ¿Quién coño eres tú y de dónde se supone que sales?
-         Mi nombre es Abel. Soy el vigía de un grupo de supervivientes.
-         ¿Qué haces aquí?
-         La superficie se ha vuelto peligrosa, los bichos se están volviendo más salvajes, supongo que tienen hambre. Hemos decidido bajar a los túneles, pero veo que el sitio ya está cogido. ¿Qué haces aquí sola?
-         ¿Qué es lo que te hace pensar que está sola?
Me giré y vi que de las sombras salió el líder. Llevaba la mano posada sobre la pistola y un gesto desconcertado en su rostro. Ni siquiera me miró cuando se paró a mi lado. Tenía los ojos clavados en el hombre que estaba ante nosotros.
-         Así que vienes con ella. ¿Tú también les hablas a los monstruitos?
El chico rubio comenzó a reírse a carcajadas. El líder sacó su pistola y la apoyó justo entre los ojos de Abel. Éste dejó de reírse de inmediato.
-         Dame una razón, sólo una razón para no matarte, por que si no me la das, te juro que te meto una bala entre los ojos y te saco fuera para que se te coman esos monstruitos.
-         Soy un superviviente, como tú, y tengo fuera en un piso al lado de la boca del metro a más supervivientes, entre ellos niños. Tengo que volver con ellos para traerlos hasta aquí ¿Te parece razón suficiente?
El líder bajó el arma, aparentemente convencido.
-         No te voy a disparar por que el ruido atraería a los zombies, pero no te voy a dejar ir tan fácilmente. Vendrás con nosotros, luego decidiremos que hacer contigo. Camina.
Abel comenzó a caminar delante y el líder, tras dirigirme una mirada en la que me dio a entender que no hablase de nada hasta que llegásemos al bunker caminaba detrás de él apuntándole a la espalda. Si daba un paso en falso, estaba muerto. Yo cerraba la marcha. El ruido de nuestras pisadas resonaba en el ambiente. Hasta aquel momento no me había dado cuenta de que aquel aroma a putrefacción había aumentado hasta el punto de que consiguió revolverme el estómago.
Las ratas comenzaron a hacer su aparición, para alimentarse de aquellos dos cuerpos, ya definitivamente muertos que habíamos dejado en la estación.
Caminamos deprisa y en silencio hasta que entramos en el pasillo que conducía al bunker. Me parecía extraño que el líder llevase a este hombre nuevo a presencia de todos los que vivían allí sin interrogarle antes. Podían pasar dos cosas: O que se asustasen ante la posibilidad de tener más bocas que alimentar y que los recursos se agotasen antes o que entrasen en un estado de euforia tal al saber que había un grupo numeroso de personas supervivientes que quisiesen salir en tropel a buscarles, lo que ocasionaría un gran número de bajas. En cualquier caso, la solución era complicada y traería problemas. Al mirar la expresión de su rostro, supe que había llegado a las mismas conclusiones que yo.
Apoyó las manos en los hombros de Abel y le empujó hacia abajo, de forma que le obligó a sentarse en el suelo. Después me miró. En sus ojos reinaba una mezcla de angustia y desesperación. Aún así, vi esas emociones sólo por un segundo, después, esa mirada fue reemplazada por otra. Fría, dura e impenetrable. La misma que tenía la primera vez que le había visto. Se agachó al nivel de Abel y le alzó la cara para que le mirase a los ojos.
-         ¿Cuántos sois?
-         Cuando nos juntamos, éramos cerca de 40. Ahora quedamos más o menos la mitad. La otra noche sufrimos un ataque que acabó con muchos de los nuestros.
Cuando dijo estas palabras, bajó la vista al suelo. Me pareció ver que una lágrima se deslizaba por sus mejillas antes de volver a levantar la mirada.
-         La superficie no es segura. Se están volviendo violentos. Hemos decidido que la zona más segura es bajo tierra.
-         Esto tampoco es seguro. Hemos sufrido incursiones. La última de algunos de clase 3. Afortunadamente, nosotros no tuvimos que lamentar víctimas.
Tras decir esas palabras me miró. Sus ojos me decían que me mantuviera allí, vigilante por si escuchaba algo que no debía sonar.
El corazón de Abel bombeaba frenético. Estaba nervioso, pero ni su respiración ni sus gestos lo delataban. Se controlaba para que ningún pequeño gesto mostrase sus emociones.
Le envidié. Yo jamás había logrado retener mis emociones.
-         ¿Dónde vivís?
-         Hasta ahora nos hemos mantenido vivos moviéndonos. Estuvimos mucho tiempo en un centro comercial, pero nos encontraron. Tenemos armas suficientes para protegernos, y hemos enseñado a disparar a los niños más mayores.
-         Los niños jamás deberían sostener un arma.
-         En los tiempos que vivimos, o las empuñan o mueren.
El líder suspiró y se levantó. Se giró y se llevó las manos a los ojos. Estaba agotado. Me acerqué al oído de Abel y desenfundé mi arma.
-         Si te mueves, estás muerto. No pienso dudar a la hora de apretar el gatillo.
El asintió con la cabeza. Me acerqué al líder mientras mantenía a Abel encañonado y apoyé una mano en su hombro. Él me miró.
-         ¿Estás bien?
-         Claro.
Una media sonrisa trató de asomar a su rostro, pero no llegó a afianzarse.
-         No estás bien. ¿Qué vamos a hacer con él?
-         No lo sé. La verdad es que no lo sé. No tenemos suficiente espacio, aunque sean 20, ni aunque fuesen diez, y tampoco suficientes alimentos.
-         Pero tendríamos más armas.
-         ¿Te comerás tú las balas cuando no haya comida?
A esta frase le siguió un profundo y tenso silencio. Sabía bien que aquella frase había brotado del agotamiento y el estrés, así que decidí olvidarla. El líder suspiró. Yo me alejé hacia el bunker. Cuando entré todo era algarabía. La noticia de que un grupo de supervivientes había contactado con nosotros les había hecho volver a sonreír. La esperanza volvía a anidar en el interior de cada uno de sus corazones.
En aquel momento, al ver sus caras sonrientes, supe que merecían saber la noticia, pero no debía ser yo quién se la diese. Busqué a Mónica. Estaba con un grupo de mujeres, tratando de calmarlas. Cuando me vio, sonrió. Yo le indiqué un rincón apartado con la cabeza, al lado de la armería.
Su sonrisa se congeló cuando vio mi expresión y se apresuró a venir.
-         Hemos encontrado otro grupo de supervivientes.
Se le iluminó la mirada.
-         Tenemos al vigía. Son cerca de 20. El líder está con él. Mónica, aquí no cabemos todos. Tenemos que encontrar otro sitio para quedarnos, trasladarnos y rescatar al otro grupo.
-         ¿Qué propones?
-         Salir. Tú, yo y un par más. Un grupo pequeño. Hacer una incursión para encontrar algún lugar suficientemente grande como para que todos quepamos, limpiarlo, y movernos allí.
-         ¿Qué ha dicho el líder?
-         Él aún no lo sabe.
Su rostro pasó del desconcierto al enfado y de ahí a la determinación. Miró a su alrededor y lanzó un suspiro.
-         Sabía que este día llegaría. No podíamos quedarnos aquí para siempre. Cuenta conmigo.
-         Coge munición y cuchillos. Sobre todo estos últimos. Debemos ser sigilosos. Te espero en la entrada en 2 minutos.
Salí de allí y volví a dónde estaban Abel y el líder. Este último me miró cuando pasé por su lado.
-         ¿Dónde has ido?
-         Al parque de atracciones.
-         Muy graciosa.
Le sonreí para demostrarle que el momento de tensión de antes estaba enterrado y olvidado y él me lo devolvió. Me acerqué a Abel y le hice mirarme.
-         Levanta, te vienes conmigo.
-         ¿Y si no quiero?
Cargué mi arma y le miré. Él alzó las manos y se levantó poco a poco.
-         Vale, lo pillo.
Escuché la puerta del bunker cerrarse y dos pares de pies que se dirigían hacia donde estábamos. El líder me miraba extrañado.
-         No podemos dejar que su grupo muera sin hacer nada.
-         Si los traes nos condenas.
-         Lo sé, por eso no voy a traerles.
Mónica apareció con otro chico al que no conocía y que me saludó con un movimiento leve de cabeza.
-         Salid, ahora voy yo. Mónica, informa a Abel.
Mónica le apuntó mientras confirmaba mi orden con un ligero cabeceo.
-         Tú primero.
-         Que manía, ni que me fuera a escapar…
Cuando salieron al pasillo, la mirada del líder se clavó en la mía.
-         ¿Qué se supone que haces?
-         Vamos a buscar un sitio lo suficientemente grande para los dos grupos. Cuantos más seamos, más difícil es que nos pillen desprevenidos, y tú lo sabes.
Bajó la cabeza. Me estaba dando la razón.
-         Voy con vosotros.
-         No. Debes quedarte. Si Mónica y tú desaparecéis, cundirá el caos. Necesitan a alguien que les dirija. Estaremos bien. Sólo vamos a jugar un rato.
Ahora la que traté de sonreír fui yo. Realmente no quería irme, quería llorar, quería correr hacia el bunker y refugiarme en un rincón oscuro, quedarme allí y regodearme en mi cobardía. Pero no podía hacerlo. Así que me tragué todo mi miedo y mis ganas de llorar y obligué a esa sonrisa a aparecer.
-         Ve con ellos. Todos están felices, y les encantará compartir contigo su alegría.
Volvió a mirarme a los ojos con una sonrisa juguetona en los labios.
-         ¿Sabes que estás loca?
-         Es lo único de lo que estoy segura, así que no te preocupes.
Escapó de los dos una ligera risotada. Yo me volví hacia la puerta, sin saber con certeza si alguna vez volvería a pisar el pasillo en el que estaba. Suspiré. Noté un tacto cálido en mi brazo.
-         Vuelve.
Me quise girar a decirle que volveríamos todos, pero tenía un nudo en la garganta que me impedía hablar. Abrí la puerta y lo dejé todo atrás. Las caras preocupadas de mis compañeros me esperaban.
Les dediqué una amplia y ensayada sonrisa.
-         Vamos. Abel, tú vas delante, guíanos.
Todos avanzaban ya por el túnel cuando miré por última vez aquella puerta.
-         Volveré.
Era más que una promesa, era un juramento que aunque susurrado al vacío, se convirtió en el más solemne que hubiera pronunciado jamás.

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