lunes, 17 de octubre de 2011

Capítulo 7

Desperté mucho antes del amanecer y noté como mi cuerpo rebotaba sobre la cama. Por unos segundos sentí todavía aquel miedo, estaba todavía allí, escondida, encogida, temblando ante la posibilidad de que me encontrasen y me repitiesen aquellos horribles experimentos de los que acababa de huir.
Todos esos gritos resonando en mi cabeza... todavía podía notar las agujas traspasando mi piel, inyectándome dios sabe qué… una sustancia que me quemaba por dentro y me hacía chillar de puro dolor. Ese recuerdo había aguijoneado mi mente, había disipado un poco la niebla de mi cabeza y ahora comenzaba a ver cosas. Imágenes borrosas, confusas, figuras que no podía reconocer y que sin embargo, según mi cerebro eran importantes. Me dolía la cabeza de una forma horrible, parecía que me fuera a estallar de un momento a otro.
Traté de calmarme. No estaba allí, el laboratorio había sido sólo un sueño… pero había sido tan real que me costaba creer que hubiera sido sólo eso, algo que había imaginado. Posé los pies en el suelo y me gustó la sensación de calidez que noté en los pies.
Nadie hablaba. A mi alrededor todo era oscuridad y todos dormían, o al menos, eso me pareció. Al centrarme un poco más, escuché conversaciones, pero hablaban en voz tan baja que me costaba entender más que unas pocas palabras sueltas. Decidí aislarme, seguramente si hablaban tan bajo era por que no querían que nadie se enterase de su conversación y si algo respetaba por encima de todo, era la intimidad. Bastante nos habían quitado ya como para traspasar también esa barrera.
Me levanté. Quería huir, pero ¿a dónde? Estaba allí encerrada, no podía salir a ningún sitio por que no había ningún lugar seguro fuera de aquellas paredes que nos rodeaban. No podía volver a respirar aire puro ni sentir la caricia del sol en mi piel… además estaba el tema de mi… digamos peculiaridad.
Me agarré con ambas manos al colchón y noté como lágrimas involuntarias se deslizaban por mis mejillas. ¿Qué tenía yo de especial para que me hubiera pasado esto? ¿Qué tenían mis genes? ¿Qué funcionaba mal en mi interior para haber mutado así?
De pronto, escuché como el cerrojo de una de las puertas se abría. Salí del cuarto en el que provisionalmente me habían colocado y me acerqué hacia la puerta para descubrir quién entraba.
Cogí el primer arma que encontré y me coloqué detrás de la puerta para poder coger desprevenido a quién volvía. Desprendía una mezcla de olores… extraña. Pólvora, sudor y sangre. En cuanto la puerta se cerró, apunté a la sien del visitante, quién se giró a mirarme.
-         ¿No esperabas que volviera?
-         ¿Dónde has estado?
-         ¿Eres mi madre para tener que responderte?
Bajé el arma. Estaba enfadado y realmente tenía razón, no tenía por qué responderme. No era nadie para pedirle explicaciones. Me di la vuelta y volví hacia mi cama. Me sentí muy estúpida. Estaba claro que si los monstruos hubieran conseguido entrar no hubiesen sido ni tan sigilosos ni tan cuidadosos. Se hubiesen limitado a darse de bruces contra la puerta hasta conseguir romperla.
Volví a tumbarme y me dediqué a pasar el tiempo mirando hacia la pared. No sé cuanto tiempo estuve así, pero de pronto noté cambios en el ambiente. La gente del bunker comenzaba a despertar y cada uno se dirigía a hacer sus tareas, como cada día. Debía ser algo automático, cada uno tenía su puesto y simplemente, lo ocupaba, como robots. Pero para mí el tiempo, las tareas e incluso la gente… todo había dejado de tener sentido. En un mundo en el que no puedes recordar ni siquiera quién eres, algo tan nimio como preparar el café para desayunar se convierte en toda una barrera que no puedes superar.
Traté de cerrar los ojos y refugiarme en mi mente, crear un muro que me alejase de la realidad y me ayudase a levantarme de la cama… sólo necesitaba fuerza, pero no sabía de dónde sacarla.
Abrí los ojos cuando noté que posaban una taza a mi lado, en una pequeña repisa que me habían colocado allí para que pudiese dejar mis armas y poco más. La taza humeaba, y por el olor supe que era un cacao. Al lado había un poco de ropa. Me incorporé. Como no, el líder estaba al pie de la cama. Por su mirada supe que no sabía muy bien si sentarse o irse.
Cogí la taza. Estaba caliente y eso me ayudó a sonreír. Lo probé y me calentó el cuerpo en cuestión de segundos. Fue una sensación realmente reconfortante. Hacía mucho que no lo podía probar y fue maravilloso.
-         Gracias.
-         No te preocupes, no ha sido nada. Supongo que aunque seas medio zombie, tu parte humana necesitará comer. Si quieres hay tostadas fuera.
Respondí con lo único que podía en ese momento, una sonrisa. A pesar de eso, él no me la devolvió, estaba preocupado por algo, podía notárselo en la cara.
-         Siento lo que te he dicho antes. Supongo que te asustaste al oír el ruido y sólo querías investigar.
-         No tiene importancia, de veras. Ya está olvidado. ¿Qué pasa fuera? Nadie habla.
-         Anoche le pedí a Mónica que se fueran hoy al amanecer. El hecho de salir anoche fue tanto para desahogarme como para tratar de alejar a los zombies de los túneles para despejarles el camino. Si quieren irse, lo mínimo que puedo hacer es allanarles un poco el sendero.
-         No tienes que pedirle que se vaya. Me iré yo. Ella lleva más tiempo aquí y merece quedarse.
Mis palabras parecieron sorprenderle, pero yo las había meditado profundamente antes de caer en aquella horrible pesadilla y sabía que si allí sobraba alguien era yo.
-         Te agradezco que me hayas aceptado, pero has arriesgado mucho por mí, y no puedo permitir que os separéis.
-         ¿Y a dónde irás si te vas? Ni siquiera sabes dónde vivías antes.
-         Supongo que eso no importa. Ya encontraré algo. No quiero hacer daño a nadie… y es lo único que he hecho desde que he llegado.
-         Cámbiate y sal a comer algo. No pierdas la esperanza, quizá se queden. Yo aún no la he perdido.
Se fue y me dejó allí. Dejé la taza sobre la mesilla y cogí la ropa limpia. Debía ser de las mujeres del bunker, debería dar las gracias cuando encontrase a quién me la había prestado. Unos vaqueros raídos y una sencilla camiseta de tirantes blanca, más que suficiente.
Cuando salí, todos estaban divididos en pequeños grupos, mirando sus platos. Un par comían con avidez y miraban las mochilas que tenían al lado cada pocos segundos, como si tuvieran la intención de que desaparecieran de allí junto con ellos. Tenían miedo, pero aún así se iban con ella. No obstante fue un alivio comprobar que la gran mayoría de la gente seguía allí.
Quizá no me odiaban tanto como yo pensaba. Incluso pude percibir alguna fugaz sonrisa de aceptación. Puede que sólo necesitasen tiempo. Me acerqué hacia dónde dos personas servían las viandas del desayuno. Una de ellas era Lorena.
Traté de sonreírle, pero ella se limitó a dejar en mi plato una rodaja de pan tostado con un poco de aceite y sal. Cuando cruzamos la mirada, vi que tenía los ojos hinchados y llorosos. Algo malo le había pasado. Más tarde tenía que acordarme de preguntarle. Me separé de la fila que aún esperaba a ser servida y me alejé para sentarme en un rincón a comer. Hasta el momento en que miré la tostada, no me di cuenta del hambre que tenía.
-         ¿Puedo sentarme?
Levanté la mirada y me sorprendió encontrar a Mónica de pie frente a mí. Y aún me sorprendió más que su mirada no fuera arrogante ni fría, si no derrotada.
En lugar de contestar, decidí hacerme a un lado para que pudiese sentarse junto a mí. Ella suspiró y se sentó conmigo. Traté de ignorarla, y me puse a comer.
-         Siento los problemas que te he causado. No era mi intención.
¿A qué venía esa disculpa ahora? ¿Creía que me iba a servir de mucho después de que hubiera intentado separarme de los únicos humanos que había encontrado en meses?
-         Comprendo que te sientas frustrada, o que te choque que ahora te diga esto, pero cuando llegaste lo único que yo sentí fue que querías desplazarme del sitio que tanto me había costado crearme, y luego pasó lo que pasó y cuando volviste él se preocupó tanto por ti que… en fin, que lo siento.
Se levantó y dándome la espalda comenzó a caminar. Antes de que pudiera alejarse demasiado la cogí de un brazo, y ante la frialdad de mi contacto se volvió a mirarme.
-         Si realmente te importara alguien de los que están aquí dentro te quedarías, en lugar de lanzarte a una muerte segura y arrastrar a otros contigo. ¿Cómo crees que se sentirá cualquiera de ellos si un día eres tú la que vuelve a matarlos convertida en uno de esos a los que tú misma asesinas?
-         Tú no entiendes nada.
-         Trata de explicármelo.
La solté y ella sonrió. Al parecer mi frase le había recordado a alguna otra cosa.
-         ¿Sabes? Esta escena me resulta familiar, aunque no la haya vivido contigo.
Suspiró y rebuscó algo entre los bolsillos de su pantalón. Cuando encontró lo que buscaba, me lo tendió. Yo lo cogí sin dudar. Tenía pinta de ser una fotografía doblada. Cuando iba a abrirla, puso sus manos sobre las mías y yo alcé la cabeza para mirarla.
Había lágrimas en sus ojos que amenazaban con desbordarse.
-         Prométeme que jamás dirás una palabra de lo que vas a ver en esta foto. A nadie. Nunca.
-         Te lo prometo.
Acto seguido, se alejó de mí y me dejó de nuevo allí sola. Abrí la fotografía poco a poco, sin saber muy bien que podía encontrarme, y lo que vi me dejó simplemente sin palabras. No era posible.
Volví a doblarla y me la guardé. Dejé la tostada allí y me fui hacia mi habitación. De camino, rebusqué en cada cajón de cada mesilla hasta encontrar un pequeño trozo de papel y un lápiz. Podía notar el corazón bombeándome sangre a los oídos. Por eso ella quería irse, por eso me miraba de aquella manera… ¿Cómo no me había dado cuenta?
Garabateé una rápida nota que escondí en el interior de la foto y volví hacia dónde estaba ella. Siempre desde que había llegado era ella, siempre estaba presente, siempre parecía saberlo todo… casi sin que lo notara, volví a guardarle la fotografía con la nota en el bolsillo y volví a separarme.
Decidí acercarme hasta aquel puesto en el que nunca había estado y que quizá me entretendría más: el informático.
Allí me encontré con un chico joven, de pelo castaño y que esbozó una amplia sonrisa en cuanto me vio llegar.
-         Vaya, vaya, así que tú eres la mujer de la que todos hablan ¿no?
No estaba preparada para sarcasmos, y menos después de lo que acababa de ver, un secreto que no podía contar a nadie... así que decidí responder con un simple esbozo de sonrisa y seguir mi camino hacia cualquier otro rincón en el que poder pensar.
-         Soy Ángel.
Para mi sorpresa me tendió la mano. Yo la estreché sin miedo y sentí como se le erizaba el vello de los brazos. Retiré la mano casi de inmediato, no quería que se hiciera daño por el contacto.
-         No te preocupes, me acostumbraré. He oído que te quedarás con nosotros.
-         Sí, eso parece.
-         ¿Te importa quedarte por aquí conmigo? Normalmente, me siento bastante solo, mi única compañía son estas preciosidades, pero digamos que las CPU no tienen demasiada conversación inteligente.
Reí. Con una risotada que me salió del alma y me sorprendió. Me senté con él y no tardamos en entablar una conversación animada y agradable. Era un chico muy jovial, y sus ojos estaban llenos de vida. Me contó cómo acabó allí, al parecer el líder le había salvado de una horda de zombies que venían persiguiéndole y que le habían pillado completamente por sorpresa.
-         Y entonces, cuando me parecía que todo había terminado y que sería el gran banquete de la noche apareció él, pegando balazos a diestro y siniestro. Los zombies se desplomaban a sus pies, rematados, y no tardó en abrir un sendero de cadáveres por el que pudimos caminar… fue increíble. Deberías haberlo visto.
-         ¿Exagerando Ángel?
Ambos nos giramos hacia la puerta y me sorprendió ver que el héroe de la historia nos escuchaba. Me había metido de lleno en el relato y mi cabeza todavía seguía allí, contemplando la huida de los dos humanos a través de un sendero de cuerpos muertos.
-         Jamás exagero.
-         Claro. Lourdes, ¿te importa si te quedas un rato vigilando aquí? Hay un asunto que debo resolver con Ángel.
-         Para nada. Es todo tuyo.
Los dos hombres se fueron y me quedé allí, contemplando la pantalla del ordenador. De pronto, una pequeña luz comenzó a parpadear y dirigí el ratón hacia allí.
El programa skype se abrió y comprobé que por muy inverosímil que pareciera teníamos una llamada entrante.
Me levanté tan de repente que la silla fue a parar al suelo, y contesté la llamada.
-         ¿Hola?
Al otro lado de la pantalla no se veía a nadie. La desilusión comenzó a crecer dentro de mí por momentos hasta que de pronto, una cara, una mujer apareció al otro lado de la pantalla. Nos quedamos mirándonos durante unos segundos, sonriendo.
-         No sé quién eres, pero me alegro de verte.

1 comentario:

  1. Por fin, un contacto con el exterior, que interesante, a ver de que se trata. No pares de publicar. Besos. Gabi.

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