viernes, 14 de octubre de 2011

Capítulo 6

Aquella fue una larga noche para todos. Pocos y afortunados fueron los que tenían el alma y la conciencia tranquilas y lograron conciliar el sueño. No podíamos negar que la declaración de intenciones de Mónica nos había sorprendido, a mí el primero. Desde que había comenzado a encontrar supervivientes, siempre había intentado mantener una comunidad unida contra el enemigo común. Bastantes problemas teníamos con la infección que se propagaba cada vez más deprisa como para pelearnos entre los pocos que habíamos logrado sobrevivir. Ahora, sin embargo, podía sentir cómo nos fragmentábamos. Eso no era para nada bueno. Dejé de contemplar el techo tumbado en la cama y una vez asumí que no dormiría esa noche, me preparé para hacer algo más divertido.
Cuando salí del pequeño cuadrado que delimitaba mi espacio, comencé a observar comportamientos entre la gente que no había visto desde hacía mucho. Algunos lloraban en silencio, meciéndose hacia delante y hacia atrás, otros, se encogían en sus camas y se abrazaban las piernas mientras miraban hacia recuerdos que sólo ellos podían contemplar y unos cuantos empaquetaban las pocas pertenencias que les quedaban. Se iban con ella. Éstos eran los que habían perdido la fe, ya no en mí, que eso poco me importaba, si no en el grupo y en nuestra capacidad de supervivencia.
¿No veían que separados éramos un blanco mucho más fácil?
Además, conocía a Mónica, y de la misma forma que yo jamás permitiría que uno de esos monstruos se adueñara de la vida de uno de mis compañeros, sabía que una vez en el exterior ella solamente miraría por su bienestar, y si alguien era demasiado lento, torpe o estúpido como para ponerse en peligro, le dejaría atrás sin dudarlo ni un segundo.
Meneé la cabeza para alejar esos pensamientos, quizá todavía podía conseguir que cambiase de opinión. Seguí avanzando, contemplándoles a todos, uno a uno. Los que se iban procuraban mantenerse ocupados mientras pasaba por su lado para que no les pidiera explicaciones, pero más de uno se sentaba en cuanto pasaba de largo y suspiraba sin saber realmente por qué estaba huyendo ni de qué.
Los pocos que levantaban la cabeza cuando pasaba por su lado para dirigirme una mirada, una sonrisa o un gesto cálido procuraban volver rápidamente a refugiarse en sus mentes. A estas alturas, era el único lugar seguro que quedaba en el mundo. Nadie hablaba, no se escuchaba ni un mínimo murmullo. La única luz que alumbraba era la de los ordenadores, siempre conectados y proyectaba una sombra en el suelo que no era la de Ángel. Dirigí mis pasos hacia allí y me encontré con la culpable de todo sentada delante de la pantalla del ordenador más cercano.
Me invadió una rabia que no sabría describir. Tenía ganas de chillarle que dejara de comportarse como una niña, que abriera los ojos y viera lo que estaba provocando, que en aquel mundo salvaje no podría sobrevivir sola, sin saber dónde encontrar alimento o un refugio seguro… Pero decidí callarme y tragarme toda la rabia que sentía. Me iría bien para lo que pensaba hacer luego, pero ahora debía calmarme.
Cuando le hablé, traté que mi voz fuera lo más firme posible.
-         ¿Qué estás haciendo?
Ella dio un respingo, se había asustado con mi intrusión, pero no me respondió al momento. Ni siquiera se giró para mirarme. Simplemente siguió allí, absorta en lo que hacía, que al parecer era algo importante en extremo como para dejar de prestarle atención durante unos cuantos segundos. Aún así, volví a intentarlo.
-         ¿Hasta cuando piensas seguir con esto?
Me di por vencido tras esperar un par de minutos su contestación, y me giré para alejarme de allí. Sólo entonces escuché un sonido, cómo un bolígrafo al posarse firmemente sobre una superficie plana.
-         Hasta que entres en razón y me creas.
Volví a mirarla, pero ella seguía observando atentamente la pantalla del ordenador.
-         Sabes que no tienes razón, y que todo esto no lleva a nada.
-         ¿Cuántas veces hemos peleado codo con codo durante estos meses?
-         Precisamente por eso te pido que recapacites. Además, no te vas sola, y sabes que cuando mueran, por que sabes que morirán, no podrás soportar el cargo de conciencia que eso conlleva.
Un silencio, antesala de la duda me dio fuerza para saber que ganaba terreno con cada palabra que pronunciaba. Me acerqué a ella y le puse la mano sobre el hombro. Ella me miró entonces. Lloraba. Había dado en su punto débil y ambos lo sabíamos.
-         ¿Cuántas veces me he arriesgado por ti, salvándote la vida? ¿Harás tú lo mismo por los que se marchen contigo?
-         Yo…
-         Vamos Mónica, ambos sabemos la respuesta a esa pregunta.
Seguía ganando metros poco a poco, la idea de marcharse, sabiendo que iba a tener que cargar con varias muertes sobre su conciencia ya no le parecía tan atractiva. Alguien debía abrirle los ojos y demostrarle que esa rabieta de niña pequeña no era más que eso, y que debía terminar sin llegar a mayores consecuencias.
-         ¿Te crees que a mí no me duele marcharme? Llevo horas aquí sentada, tratando de trazar una ruta segura hasta el exterior… con suerte no llegaríamos hasta dentro de una semana. Eso, si tenemos en cuenta que el camino esté despejado. Si encontráramos a algún enemigo por el camino…
-         Sabes que no podéis llevar tantas municiones ni existencias. Os ralentizarían demasiado y vuestro olor les atraería en masa.
-         Soy consciente de ello.
-         ¿Entonces? ¿Sabiendo todo esto, aún quieres irte?
Bajó su vista hacia el suelo y se levantó de la silla en la que estaba, acercándose a mí. Después, volvió a clavar su mirada en mis ojos.
-         Si me voy, ¿me seguirás?
-         No.
Contesté automáticamente, sin pararme a pensar en lo que decía. Fue como un acto reflejo. ¿Quería que la siguiera? ¿Para qué? ¿Para que muriéramos todos? No, no estaba dispuesto a asumir el riesgo de una decisión estúpida. Su rostro perdió parte de su color. Sus ojos expresaban un dolor peor que si le hubiera pegado un puñetazo, y realmente creo que eso fue lo que hice, pegarle un puñetazo emocional.
-      Mónica, entiéndelo. Es tu elección, no la mía. He venido para tratar de convencerte de lo que creo que es mejor para todos, pero no puedo razonar contigo. Lo siento, de verdad que sí, pero tengo que pedirte algo. Si te vas, tú y los que se vayan contigo debéis marcharos al amanecer. No voy a permitir que vaguéis por aquí como almas en pena una semana. Bastante habéis machacado la moral de todos, no puedo dejar que les hundáis más.
-         ¿Tan importantes son para ti?
-         Se han convertido en mi familia. Una de la que pensé que tú formabas parte. Parece que me equivoqué.
Había sido otro puñetazo, lo sabía, pero quizá así recapacitara y aunque fuese por llevarme la contraria se quedaría. Era una esperanza a la que agarrarme. Salí de allí. No tenía nada más que decirle. Me dirigí entonces hacia el arsenal. Iba a comenzar con mi plan divertido para esa noche. Cogí una caja entera de munición y me fui hacia dónde estaba David. Debía dejar aviso por si me pasaba algo.
Al acercarme, escuché una conversación. Me paré a cierta distancia y traté de escuchar. Hablaban en susurros, como si no quisieran que nadie les escuchase.
-         Así que no recuerdas nada.
-         No. ¿Crees que con esto bastará para saber algo más sobre mí?
-         No lo sé, pero por algún sitio hay que empezar.
Desató una goma y le escuché trastear con los tubos de cristal.
-         ¿Sabes? En el fondo no eres tan extraña.
-         Vaya, gracias, supongo.
Ambos rieron y yo sonreí. Algo que yo me había perdido le había hecho cambiar de opinión.
-         ¿Qué opinas de la gente por aquí?
-         ¿Te digo la verdad? No sé que opinar. Tampoco he tratado demasiado con nadie salvo con Lorena y Mónica, y son el día y la noche.
-         Sí… No te preocupes demasiado por Mónica, cambiará de opinión en cuanto te conozca mejor.
-         No estoy muy segura de querer conocerla.
Esta frase estaba cargada de desánimo y apatía. Realmente no podía decirle que no tuviera razón en no querer conocer a la mujer que había intentado alejarla de todos desde que había vuelto a la vida.
-         Pero, no es verdad que no hayas tratado con nadie más desde que llegaste…
-         Oh, bueno sí…
David rió. Por el tono de voz ella parecía cohibida. Cuando volvió a hablar lo hizo  todavía más bajo, tanto que para escucharla tuve que acercarme hasta casi asomarme al pequeño cuarto médico.
Podía ver su silueta recortada contra la tela blanca que nos separaba. Estaba sentada en la mesa que utilizábamos como camilla.
-         Él es diferente a todos. A pesar de que haya algunos que… no voy a decir que me acepten, pero sí que no me odien, la mayoría jamás llegará a confiar plenamente en mí. Él entiende lo que es esto, y cuando me habla no lo hace con lástima, cuando me sonríe no es con indiferencia. Me acepta como una más del grupo y ahora mismo significa mucho para mí.
-         Vaya, como se entere de que piensas eso de él se le va a subir a la cabeza.
Ambos volvieron a reír. Comenzaba a existir una cierta camaradería entre ellos, y eso me reconfortaba. Al fin y al cabo el primer paso para ganarse la confianza de la gente era conocerles y dejar que la conocieran a ella. Decidí aparecer en escena. Al verme, David sonrió y ella bajó la vista al suelo. Un ligero rubor apareció en sus mejillas.
Le devolví la sonrisa a David.
-         ¿Todo bien?
-         Sí, ha venido para las pruebas.
-         De acuerdo. Voy a salir.
Los dos me miraron preocupados.
-         Solo necesito hacer un poco de ejercicio. Volveré antes del amanecer.
-         Se me está acabando el hilo, así que procura no hacerte daño…
-         Tendremos que ir a la mercería a conseguir más entonces.
Nos sonreímos el uno al otro. David era una persona fuerte y no se dejaba amedrentar por casi nada.
-         Ten cuidado.
-         Siempre lo tengo.
Me alejé de ellos y salí a los túneles. Mientras caminaba hacia el exterior, dejé que aquella rabia que había sentido un rato antes me inundara poco a poco.
Cuando respiré la primera bocanada de aire puro, me sentí renovado. A veces, llegaba a olvidar lo reconfortante que era la sensación de estar solo ante el peligro. La adrenalina se me disparó en cuanto ví al primero de los muchos que moriría aquella noche.
Sonreí y tras comprobar que tenía la pistola cargada me acerqué a él con el corazón bombeando fuerte y una sonrisa en los labios.

Era de noche y una ciudad llena de zombies me esperaba.

Hora de jugar.

1 comentario:

  1. me encantaaaaa :P qué emocionante está cada capítulo jeje

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