martes, 4 de octubre de 2011

Capítulo 3

Lo primero que recuerdo es la luz. Una luz artificial y que iluminaba sólo a intervalos. Nada me era reconocible, ni olores, ni voces, ni sonidos. Mi mente estaba perdida en una espesa niebla y me costaba trabajo concentrarme en una sola cosa. Aún así, seguía siendo yo. Estaba viva. Respiré una bocanada para asegurarme y la sensación del aire entrando a mis pulmones, haciendo latir mi corazón y llenándome de vida fue maravillosa. Palpé a mi alrededor sin abrir demasiado los ojos. Sábanas. Estaba tendida en una cama. El aire olía a humedad y pólvora. Estaba claro que no era mi casa. Seguí tocando hasta que encontré algo más que las sábanas. Un arma. Era como si acabasen de dejarla allí y la hubiesen disparado hacía poco. Todavía estaba caliente. La así firmemente. Solamente como defensa en caso de que alguien quisiera atacarme.
Me decidí a abrir los ojos. Unas figuras que me costó definir estaban a los pies de la cama. Algunas me apuntaban mientras que otra salió corriendo. No sabía muy bien qué hacer. Traté de enfocar un poco más la vista pero no pude. A pesar de todo, una voz en mi cabeza me dijo que lo mejor era no intentar disparar a nadie si no lo hacían conmigo, y decidí obedecer. Solté la pistola como seña de buena voluntad aunque la dejé a mi lado y alcé las manos sobre mi cabeza.
Las figuras se miraban entre ellas, aparentemente sorprendidos de mi reacción. Me lloraban los ojos y cada vez me costaba más enfocar. Decidí mantenerlos cerrados hasta que no hubiera otra opción. Escuché unos pasos acercándose a mí, y a alguien que decía que bajasen las armas. La voz me resultaba familiar, pero no sabía dónde ni cuando la había escuchado antes. Era realmente frustrante. La información estaba al otro lado de una puerta que no lograba abrir.  Quién había hablado se acercó a mí lentamente. Noté como el colchón bajaba por el peso cuando se sentó a mi lado.
-        Bajad las luces.
-        Pero...
-        Bajad las luces si no queréis dejarla ciega.
Me encontré entonces sumida en una reconfortante oscuridad. Abrí los ojos y descubrí que no me costaba tanto ver ni enfocar a las figuras que se encontraban en aquella habitación, empezando por la que tenía más cerca. A pesar de la falta de luz podía ver perfectamente cada detalle de su rostro. Sonreía.
-        Hola Lourdes. ¿Cómo te encuentras?
Traté de hablar y responder, pero era como si mis cuerdas vocales estuviesen dormidas y no quisieran hacer un esfuerzo por ayudar. Traté entonces de susurrar, y descubrí que eso podía hacerlo con facilidad.
-        No puedo hablar, tengo las cuerdas vocales dormidas.
-        Es normal, tranquila, te recuperarás en pocos días.
-        ¿Quién eres tú? ¿Dónde estoy?
-        ¿Qué recuerdas?
Traté de pensar, de recordar, de abrirme paso a través de aquella jungla hecha de niebla que lo cubría todo a mi alrededor y encontrar algo que pudiese servirme de ayuda para responder a su pregunta, pero lo único que tenía en mi cabeza eran flashes, momentos pequeños e inconexos.
-        No lo sé, todo es muy confuso.
-        Tranquila, poco a poco, no te quieras forzar. Al final terminarás recordando. A mí también me pasó. La confusión al principio es del todo normal. Todo encajará en su lugar al final, ya lo verás.
-        ¿Por qué veo mejor cuando no hay luz?
-        No lo sé. Nuestro doctor vendrá a examinarte. Son solo unas pruebas de rutina, no te harán daño.
Entonces, me tocó en el hombro y no retiró la mano enseguida, si no que la dejó ahí por unos momentos y me miró a los ojos.
-        Sabía que eras especial.
Sonrió y se fue. Me quedé allí, sola y a oscuras, pero no se estaba tan mal. La luz era una tortura. Todos se fueron. Era como si les causase miedo o rechazo, pero yo no entendía el por qué. Al fin y al cabo, no había hecho nada malo que yo supiera.
Me centré en no pensar, y escuché voces a mi alrededor, como si estuvieran a mi lado, pero yo estaba sola. Voces que hablaban, que criticaban, que susurraban, que escupían maldiciones entre dientes... y todos tenían un único tema de conversación. No era muy difícil averiguar cuál.
-        ¿Hola?
Me giré hacia la abertura que hacía de puerta y me encontré con una figura inmóvil en el umbral sin atreverse a entrar. Escudriñaba la oscuridad en mi busca.
-        Estoy en la cama, si da dos pasos hacia su izquierda y cuatro hacia delante se encontrará justo enfrente de mí.
¿Cómo podía haber medido las distancias de esa forma? El supuesto doctor siguió mis indicaciones y al llegar a mi lado, se agachó, de forma que nuestros ojos quedaron prácticamente a la misma altura. No parecía un médico. Ni batas blancas, ni maletín... claro que estos eran otros tiempos. Era un hombre joven, moreno, de hombros fuertes. Tenía el pelo ondulado y hasta el cuello. Llevaba barba, de no más de dos o tres días y sus ojos no eran para nada fríos. Transmitían calma, pero a la vez, en este momento, indecisión y cierto grado de curiosidad por estudiar al nuevo espécimen que se le presentaba.
-        Muy bien, comencemos. Será un examen rápido, no te preocupes, no te haré daño.
Acto seguido abrió una pequeña mochila que llevaba al hombro dónde supuse que guardaba el material y sacó una pequeña linterna. La encendió enfocándola hacia el suelo. Luego, poco a poco fue subiéndola hasta enfocarme los ojos.
En un acto de puro instinto, aparté bruscamente la linterna, que fue a parar fuera de la habitación.
-        Vaya, lo siento doctor.
-        Tranquila. Me habían dicho que la luz te molestaba pero tenía que comprobarlo como comprenderás. Bien, veamos que tal suena ese corazón.
Cuando apoyó sobre mi pecho la membrana del fonendoscopio me sorprendió el hecho de no sentirla fría, pero no le di mayor importancia, suponiendo que la habría calentado con la mano antes de ponérmela sobre la piel.
Tras comprobar mis constantes y mi temperatura se retiró. Cuando salió y recogió la linterna, noté que la luz temblaba. Eso sólo podía significar que la mano que la había recogido tenía temblores.
Volví a quedarme allí sola. En la oscuridad. Tratando de recordar… Escuché el sonido del seguro de un arma al quitarse, y eso pareció activar un pequeño recuerdo. Un túnel, zombies corriendo hacia mí y yo apuntándoles encima del hombro de un hombre, de aquel hombre que se había sentado antes a mi lado… pero el recuerdo se desvaneció de golpe y volvió a perderse entre la niebla de mi cabeza.
¿Quién era él? ¿Por qué estaba yo aquí? Estaba claro que no les conocía de nada. Apenas sí lograba situarme. Intuía que estábamos bajo tierra, en algún lugar cercano a la ciudad sin duda, pero  no sabría decir dónde.
Escuché las voces del médico y del otro hombre. Sonaban lejos, así que decidí levantarme de la cama e intentar caminar hacia ellos. Al salir de la oscuridad, tuve que cerrar los ojos. Todas las voces se callaron. Todas, menos aquellas dos. Decidí guiarme por el sonido de las voces para ir dando pasos, cortos pero firmes, acercándome a ellos poco a poco.
-         ¿Y bien? ¿Qué has averiguado?
-         A decir verdad… es extraña. Su temperatura es de 35 grados, su sistema cardíaco no debería funcionar, pero al contrario, su corazón late más rápido de lo normal. Tiene las pupilas completamente dilatadas, pero creo que poco a poco podrá recuperar la visión.
-         Eso es bueno.
El tono de voz de aquel hombre había cambiado con esta última frase, había pasado de la curiosidad y el nerviosismo a la preocupación. Lo que decían no tenía sentido, 35 grados era una temperatura muy inferior a la normal, ¿cómo podía mi corazón seguir latiendo? Aún así, eso explicaría que no hubiera sentido frío con la membrana… las voces sonaban cada vez más cerca… otro paso.
-         No sé, esto es nuevo para mí. Estábamos los humanos y ellos. Ella no es ni una cosa ni la otra. Desde luego no es humana.
¿Cómo que no soy humana? Pienso, siento, ¿acaso eso no me hace humana? Un paso más.
-         ¿Cómo que no es humana? ¿La ves arrastrándose y babeando como uno de esos asquerosos no-muertos? Por que yo la he oído hablar, razona con lógica, tú mismo la has oído…
-         Lo sé, lo que quise decir es que no es del todo humana.
-         Pero tampoco es una zombie.
Esa frase parecía haber puesto fin a toda discusión. Del tono se derivaba que no iba a admitir quejas ni ningún tipo de reproche.
-         Vamos, y si se rebela ¿qué harás?
Una voz, de mujer, se sumó a la discusión.
-         Esto no es asunto tuyo Mónica.
-         Claro que lo es. Lo es desde el momento en que decidiste ponernos a todos en peligro trayéndola de vuelta. Si se rebela ¿qué harás? ¿Serás tú quién la mate? Déjame que lo dude. ¿Qué opinas David? ¿Puede ser peligrosa?
Hubo un momento de silencio. Estaba cerca, muy cerca y ellos ni siquiera sabían que estaba allí. David debía ser el médico que me había estudiado. Podía escucharlos respirar. A uno de ellos, le latía el corazón muy rápido y tenía la respiración acelerada. Los otros dos estaban calmados, impasibles. Mi futuro estaba decidiéndose aquí y todo dependía de aquel médico.
-         Realmente no lo sé. Tendría que estudiarla más a fondo. Es el primer caso que se da que sepamos, y necesitaría hacerle pruebas, sacarle sangre e intentar averiguar por qué ha sucedido esto.
Una palmada de triunfo y un suspiro de resignación siguieron a estas palabras. El ritmo cardíaco acelerado se relajó hasta volverse casi normal. Unos pasos se alejaron de la escena. La mujer se fue mascullando maldiciones contra los dos hombres que supuestamente se habían confabulado para dejar al monstruo campar a sus anchas por el mundo. Ese comentario me dolió. Yo no era ningún monstruo.
Acabé de recorrer los pocos pasos que me faltaban. Rocé a alguien y pegó un brinco. Ya sabían que estaba allí. Noté sus miradas clavadas en mí a pesar de que yo no podía mirarles a ellos. Uno estaba frente a mí, el otro a mi derecha.
-         No soy ningún monstruo. Puede que mi temperatura sea extraña pero sigo estando viva.
-         No, pero tienes que admitir que eres un espécimen único.
-         ¿David verdad?
Parecía sorprendido de que hubiese escuchado tanto su nombre, como el pequeño diagnóstico que le había dado al otro hombre.
-         Si quieres mi sangre, primero quiero respuestas.
El hombre a mi derecha suspiró y habló entonces.
-         De acuerdo. Vendrás conmigo. Pero si quieres respuestas, tendrás que hacer las preguntas adecuadas.
Después de eso, cogió mi mano para guiarme. El calor que desprendía su piel era reconfortante. En aquel momento, sentí que no me hubiera importado que no me soltase.

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