domingo, 2 de octubre de 2011

Capítulo 2


La alejé de aquel túnel lo más rápido que pude. La cogí en brazos y la empujé por la rampa que habíamos creado excavando y que llevaba a una inmensa bolsa de aire con el equipo suficiente para poder comunicarnos con la base. Me negaba a dejarla morir, si ella había sobrevivido, puede que hubiera más gente sana ahí fuera. En cuanto aterrizamos en la cueva, por llamarlo de alguna manera, la dejé en el suelo. Tenía la mirada desenfocada y los ojos vidriosos. Respiraba lentamente, pero de forma muy sonora… sus pulmones estaban comenzando a colapsarse. Su piel ardía, y su rostro estaba empapado en sudor. Encendí los walkies que debían comunicarme con el bunker y volví con ella.
  • ¿Me oís? ¿Alguien me oye? Necesitamos refuerzos.
No hubo respuesta al otro lado. No podíamos estar solos, era imposible que los monstruos les hubieran encontrado, tenía que haber alguien al otro lado…
  • ¡Joder! ¿Quereis contestar? Me da igual quién sea ¡decidme algo!
  • ¿Hola?
  • Mónica. Menos mal. Necesitamos ayuda. La han mordido.
  • Mierda, ¿dónde estáis?
  • En la tercera estación.
  • Reúno un equipo y vamos a por vosotros. Dile que aguante.
  • Aguantará. Venid deprisa.
Corté la comunicación. Dejé el walkie a mi lado por si surgían problemas. Ella me miraba, aunque realmente sabía que no me miraba a mí, si no más allá. Traté de enfocarle la mirada. De hacer que volviese a la realidad de alguna forma, pero sabía que estaba perdida. Su respiración se hizo trabajosa. De pronto, alzó la mano hacia mí.
Yo se la cogí sin dudarlo. Los zombies se habrían ido antes o después… pero tuve que hacerle pasar la prueba sin saber si estaba preparada. Su mano era como un hierro al rojo vivo. Me quemaba, pero aguanté.
Intentó hablarme, pero se notaba que le causaba un tremendo esfuerzo.
  • Si voy a morir… Quiero saber tu nombre.
  • No vas a morir.
  • Sí, lo sé. No trates de engañarme. Siento cómo mi cuerpo sucumbe al contagio. Es cuestión de tiempo. Si vas a ser la última persona a la que vea, quiero pedirte algo, y para ello tengo que saber tu nombre.
  • Vale, vamos a hacer un trato. Si mueres, puedes pedirme lo que quieras, y lo haré. Te diré mi nombre y podrás pedirme lo que quieras. Pero no lo harás, ¿sabes por qué?
  • Por que
  • Por que no te vas a morir. Por que yo no pienso dejarte morir. Vas a aguantar. Eres una superviviente. Has sobrevivido todo este tiempo tú sola, es toda una hazaña. Tienes que contarnos muchas cosas, aún tenemos que ir a inspeccionar tu zona y tu casa, y para eso tienes que venir con nosotros.
Traté de mirarlo desde cualquier punto de vista posible. No sabía cómo podía salvarla, y no me hacía ninguna gracia tener que matarla. De pronto, su mano se aflojó entre las mías. Miré su cara. Había cerrado los ojos, y su pecho apenas se alzaba cuando respiraba. Estaba muriendo. Me sentí... frustrado. No había perdido a nadie. Yo les había encontrado a todos, y en ningún enfrentamiento habíamos perdido a nadie... Y ahora, ella moría.
Escuché ecos lejanos de balas. El equipo estaba llegando. No lo harían a tiempo. Ella no llegaría viva al bunker y aunque lo hiciera, no le quedaría mucho una vez estuviéramos allí.
  • Eh...
La miré. Sus ojos se habían aclarado. Me miraba directamente a los ojos, pero yo sentí como si esa mirada estuviera llegando más allá, a mi cerebro, a mis pensamientos más escondidos. Aún así, no aparté la vista de ella ni un solo momento.
  • Dijiste que si moría me dirías tu nombre.
  • Y yo te he dicho que no voy a permitir que mueras.
Ella intentó reír, pero el sonido fue realmente escalofriante. Como si hubieran arañado una pizarra.
  • Están llegando. Todo el equipo. Te llevaremos a casa y allí te pondrás bien. Puedo jurarte que no vas a morir, no ahora, ni aquí.
  • Gracias por quedarte conmigo. Podías haberme dejado allí cuando ella me atacó. Al fin y al cabo me lo busqué por no dispararle.
  • Jamás te hubiera dejado allí. Ni a ti, ni a ningún otro de los míos.
Me levanté cuando escuché la voz de Mónica en el exterior. La solté un solo segundo. El tiempo que tardé en girarme para ver la cuerda que nos habían tendido. Pero fue suficiente. Su mano cayó al suelo cuando se la solté y la escuché inspirar muy fuerte. Después, nada.
La miré. La sangre se había coagulado alrededor de la marca que esa muchachita le había dejado en el hombro. Parecía que estaba totalmente en paz. Duraría poco.
Tenía que conseguir llevarla al bunker antes de que volviese a despertar. Una vez allí decidiríamos que hacer.
La até conmigo a la cuerda y trepé por ella lo mejor que pude. No tardamos demasiado en llegar a la estación, dónde Mónica, escoltada por 6 de los mejores guerreros, nos esperaba.
  • No hemos llegado a tiempo veo.
  • Tranquila.
  • ¿Qué haremos con ella?
  • ¿Habeis acabado con la amenaza?
  • Han caído todos.
  • De acuerdo. Nos la llevamos al bunker.
  • Me niego. ¿Qué piensas hacer cuando despierte? Nos vas a poner en peligro a todos.
  • La tengo controlada.
  • Eso no puedes saberlo.
  • ¡Te digo que la tengo controlada, no pienso dejarla aquí!
Quizá fui más duro de lo que debía, al fin y al cabo, ella sólo se estaba preocupando de la seguridad de los demás, y meter a un enemigo en casa no parecía muy buena opción, pero no podía dejarla para que se la comieran. Algo me lo impedía. Mónica me miró entre enfadada y triste. Estaba pensando que estaba loco, y tenía toda la razón del mundo. Hasta yo lo pensaba. Una vocecita en mi cabeza gritaba que estaba cometiendo un error, pero decidí no hacerle caso. Normalmente, cada vez que me decía eso, era por que al final, estaba haciendo lo correcto. Me la cargué al hombro y salimos hacia el bunker. Mónica y yo íbamos en medio de la formación y los escoltas nos rodeaban. Nadie hablaba, pero noté las miradas de todos ellos clavándose en mí a intervalos regulares. Todos compartían la opinión de la capitana aunque nadie tenía las suficientes agallas como para decírmelo a la cara. Sabían que eso acabaría en batalla, así que procuraban guardarse sus opiniones y enterrarlas bien hondas, dónde no molestasen.
No tardamos mucho en llegar a una de las 4 entradas de la que era ahora la casa de todos. No se escuchaban voces en el interior. Cuando entramos, todos estaban en silencio. Parecían asustados. Algunos alzaban las cejas al ver que la chica que acababan de conocer volvía, sin vida, cargada como una simple mercancía. Otros simplemente bajaban la vista hacia el suelo, demasiado absortos en sus mentes. Ya no les importaba nada de lo que pudiera suceder a su alrededor, tan solo sobrevivir era importante.
Me la llevé hacia la parte trasera. Allí tenía lo que podía considerarse como mi habitación. Un cuadrado de dos metros por dos metros en el que solamente cabía un pequeño lecho y unas cuantas ropas y recuerdos que guardaba en un baúl bajo el colchón.
La extendí sobre la cama. Aunque hacía ya un rato que había dejado de respirar, su temperatura seguía constante. Ni se había enfriado, ni se había calentado. Eso podía ser una señal, pero todavía era pronto para sacar conclusiones precipitadas, no, debían pasar al menos dos horas.
Me senté a su lado y me desarmé. Dejé una de las pistolas a mi lado, solamente por si acaso me equivocaba. Esperaba no hacerlo.
Escuché un suspiro. Me giré. Mónica estaba allí, de brazos cruzados y mirándome con cara de reproche.
  • Lo siento.
  • No importa. Supongo que se te hacía duro dejarla allí después de lo que le dijiste delante de todos.
  • ¿Sabes esa sensación de que sabes que no puedes dejar a alguien aunque sepas que debes hacerlo?
Ella me miró sin comprender. No me entendía, pero nadie podía hacerlo. Suspiré y me pasé las manos por la cabeza. En la nuca todavía tenía aquella marca, la primera, la que me había sumido en las sombras y me había hecho ver que era uno de los pocos afortunados o malditos que era inmune. Me levanté. Los muelles del colchón crujieron con un suspiro de alivio, como si les gustase liberarse de mi peso.
Dejé la pistola en la cama. No me hacía falta a dónde iba. Miré a Mónica a los ojos al pasar ante ella. Cuando me iba, me cogió del brazo. Me volví, y me encontré con esa mirada penetrante que me interrogaba y parecía querer llegar más allá de dónde yo quería permitirle. Me liberé de su contacto tratando de ser lo menos brusco posible.
  • Tú no lo entenderías.
  • Trata de explicármelo.
  • No puedo. Hay cosas que no se deben contar. Vigílala. Ante cualquier cambio, avísame. Estaré en la base informática. Sobre todo, no le dispares hasta que yo la vea. Sólo...
  • Sí, vigilar, entendido.
Antes de alejarse de mí, me dio un beso en la mejilla. Un beso que pretendía ser reconfortante, pero que fue más molesto que otra cosa. Los sentimientos nos hacían débiles,era mi máxima, y hoy la había olvidado por completo.
Aún así fingí una sonrisa y le di las gracias en un susurro. Me alejé rápido. Notaba cada par de ojos que quedaban a mi espalda clavados en mí. Podían pensar que la había traído de vuelta por debilidad, pero en mi interior, yo sabía que era por una razón muy distinta. Lo sentía. Ella era diferente, lo sabía, y se lo demostraría a todos cuando ella volviera a despertar.
Todo mi pasado quedaría compensado si lo hacía bien con ella, si la guiaba podía ser mi redención.
A pesar de que caminaba hacia el escritorio repleto de ordenadores por los que intentábamos contactar con cualquiera a través de múltiples redes sociales o sistemas de videollamada, en realidad no estaba allí. Mi mente me llevaba por el pasillo del laboratorio. Me dirigí hacia mi mejor amigo, prácticamente mi hermano además de mi socio. Él me recibió con una sonrisa, me abrazó. Era un día feliz. Tantos años de investigación habían surtido efecto. Habíamos pasado con éxito la fase tres. Íbamos a hacer un gran bien al mundo, y ellos nos reconocerían. Alguien me sirvió una copa de cava. Brindamos y recordé, nítida su voz. “Hoy es un gran día hermano, disfrútalo”
La visión se desvaneció ante mí y volví a la realidad. Alguien me había tocado en el hombro. Inspiré un par de veces. Estas visiones me ayudaban a reconstruír mi pasado, pero las sensaciones cada vez eran más fuertes. Me había quedado sin aire. Veía chispitas de luz ante mis ojos y me sacudí un par de veces la cabeza.
Ángel, nuestro informático, me miraba con gesto preocupado.
  • ¿Estás bien?
  • Claro.
  • Tío, cada día estás más grillado. Te quedas ahí, parado, mirando a la nada... me acojonas.
  • Tranquilo, ya sabes que estoy más en el otro lado que aquí.
  • Un psiquiatra se forraría estudiándote.
Sonreí. Siempre era así. Le encantaba meterse conmigo, sabía que siempre, al final, conseguía sacarme una sonrisa.
  • ¿Algo nuevo?
  • Pues ya que lo dices... capté una señal por skype, alguien se conectó, pero fue sólo unos segundos.
  • ¿Qué? ¿Por qué no informaste?
  • Pudo ser un error de la máquina...
  • O alguien tratando de comunicarse. Rastrea la señal si vuelve a producirse e infórmame enseguida de lo que encuentres. Puede que no estemos solos, y Dios sabe que no podemos acabar con todos esos comecerebros solos.
  • A la orden.
En ese momento, escuché pasos que se dirigían a la carrera hacia mí. Salí de allí, dejando a Ángel trabajar y me encontré con Mónica viniendo lo más deprisa que podía. Al mirar detrás de ella, hacia el final del bunker, observé como 4 guardias apuntaban a alguien dentro de mi habitación sin disparar. Estaban intranquilos, sorprendidos, pero a pesar de todo no disparaban, seguían mis órdenes.
Mónica tardó dos segundos en llegar a mi posición. Tenía las pupilas dilatadas y los ojos abiertos de par en par.
  • ¿Y?
  • Ha despertado.
Unas cosquillas me recorrieron por dentro. La esperanza y el miedo se juntaban dentro de mí.
  • Deberías venir a verla. Creo... que nunca has visto nada igual.
  • ¿Es un zombie?
  • No.
  • Entonces... es inmune.
  • Tampoco. Ven y juzga por ti mismo. No sabemos como proceder.
Miré hacia el final del bunker. Una sombra se translucía a través de las cortinas, una sombra que se movía, una sombra viva.

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