lunes, 12 de septiembre de 2011

Prólogo


Me desperté aquella mañana con el toque del reloj. Eran las seis y cuarto. Fuera debía estar amaneciendo. Sólo se escuchaba el silencio. Los pájaros no trinaban, los perros no ladraban, sólo silencio. Cada mañana me paraba a escuchar esperando oír algo distinto pero siempre era lo mismo, aquel maldito silencio antinatural. Cualquier día me iba a volver loca. Me levanté con un suspiro. No abrí las ventanas. Me fui a ver las grabaciones de aquella noche. Últimamente estaban más activos de lo habitual y se acercaban más a casa. Pero aquella noche había algo distinto... se acercaban, pero con cautela, como si hubiese algo que los repelía. No había instalado ninguna otra medida de seguridad y por lo tanto este comportamiento era algo nuevo. Tras terminar de ver los vídeos, me vestí y cogí mis armas.
Abrí la puerta y salí a la calle.
El sol se alzaba, como cada mañana, perezoso entre las nubes. Los edificios me observaban como guardianes silenciosos. Amenazadores. Mi zona estaba asegurada, pero hoy iba a salir de ella. Había llevado una cómoda existencia desde hacía un par de meses. La ciudad se había ido quedando vacía durante los últimos tiempos, y al vivir en el centro no había tenido necesidad de alejarme mucho de la casa para conseguir aquello que necesiitaba: armas, comida y medicinas. Aunque sabía que si me atacaban, ni la mejor medicina del mundo podría salvarme de la peor de las torturas. Por eso, a pesar de que había resistido la infección, debía estar siempre preparada y prevenida. Los médicos se habían encerrado en sus hospitales. Muchos sucumbieron, y los que no lo hicieron, terminaron por pegarse un tiro... o cosas peores para no sufrir aquella locura durante más tiempo. Los entendí perfectamente. Mucha gente optó por lo mismo para ellos o para sus familias. Pero el suicidio no era para mí. Yo era una superviviente, y así iba a ser hasta el día en que todo aquello terminase, por que debía terminar. Y como yo, en algún otro sitio tenía que haber más gente que hubiese resistido. Llegué al final de mi área. No sabía que me iba a encontrar fuera de ahí. Nunca había ido más allá... Pero la comida ya escaseaba y las medicinas también... por no hablar de que apenas me quedaban municiones para dos días. Comencé a caminar. En cuanto encontrase una boca de metro, me metería dentro. Eran los lugares más seguros, ya que al estar bajo tierra no les gustaban, y podía recorrer toda la ciudad a partir de ahí. Escuché un ruido a mis espaldas. Un par de pies que se arrastraban. Miré a mi alrededor y encontré lo que buscaba. Eché a correr hacia allí. Gemidos y lamentos comenzaron a brotar a mi alrededor desde cada callejuela. Debía haberlo supuesto. Los sonidos me perseguían y yo no corría lo suficientemente deprisa. Aquella zona estaba infestada. Seguro que los activos venían de ahí. Bajé por las escaleras de la boca de metro lo más deprisa que pude y me refugié en las sombras. Algunos de mis perseguidores se atrevieron a bajar algún que otro escalón, pero solamente hasta que la oscuridad tocó sus pies. No siguieron bajando, pero tampoco se retiraron. Se quedaron allí, simplemente plantados, sin moverse, mirando a un punto fijo en la oscuridad. Ellos sabían que yo estaba allí, pero no sabían dónde. Gruñeron, enfadados, pero eso era lo máximo que podían hacer.
Traté de calmarme. Estaba a salvo, estaba a salvo. Los túneles eran seguros, siempre lo habían sido. Tenía que bajar más, hasta las vías, no podía quedarme allí, estaba demasiado cerca de la luz, pero mis piernas no parecían querer moverse. Al contrario, estaban agarrotadas. Tenía miedo, y ese miedo se apoderaba poco a poco de mí. Traté de contenerlo y volver a encerrarlo. Era un ejercicio que requería mucha concentración. Y yo no la tenía, Así que pasé al plan B. Desenfundé mi arma.
Tenerla en mi mano sosegó un poco mi ritmo cardíaco, y conseguí moverme. Avancé hasta las escaleras mecánicas que llevaban a las vías y bajé por ellas. Mis pasos resonaban, provocando eco. Traté de ser silenciosa, pero parecía como si un ejército estuviese desfilando por el metro. A la mierda el silencio, al fin y al cabo estaba sola.
Al llegar a las vías, encendí mi linterna y miré el mapa de la línea para saber hacia dónde ir. En ese momento, un gruñido me sobresaltó. No era un gruñido gutural, como el que provocaban las personas, si no un gruñido animal, un gruñido de perro.
Apagué la linterna y me quedé quieta en la oscuridad. Si encontrais algo más cruel y sanguinario que un perro, avisadme. Me moví poco a poco. El gruñido sonaba cada vez más cerca, y lo acompañaban unos ladridos... conforme se acercaban escuché otro sonido, sin duda de balas. ¿Balas? Alguien venía disparando a algo. Seguramente al perro. Traté de esconderme, y esperar. Cuando el perro pasase por mi lado, le dispararía.
Aún de lejos escuché una voz que gritaba corre. Una voz humana. Completamente humana. Me quedé en shock. Una sombra pasó corriendo a mi lado, pero no vi lo que era. De pronto sentí que me abofeteaban y me sacudían. Cuando enfoqué la vista ví a una mujer ante mí. Era morena, llevaba el pelo recogido en una cola y me miraba con cara de preocupación. Otra voz, otra mujer, preguntó si estaba viva, a lo que la primera respondió que sí.
Sacudí la cabeza. Meses sola y ahora acababa de encontrar a dos personas... Salí de mi escondite y miré hacia atrás. Eran 4 ,dos mujeres y dos hombres. Estaban disparando a unas sombras que emergían del túnel.
-¿Cómo han entrado?
- No lo sé, pero levanta, tenemos que irnos, son demasiados.
- Pero mi casa...
-Olvídate, tú te vienes con nosotros.
Echamos a correr sin volver la vista atrás. Una parte de mí quería volver a la seguridad de mi casa, pero otra, la más fuerte, me decía que si iba con ellos encontraría a más gente viva.
En un mundo de zombies, cualquier humano era bienvenido a mi vida.

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