martes, 13 de septiembre de 2011

Capítulo 1.


Salimos de los túneles principales por una pequeña puerta lateral escondida. En cuanto el grupo de zombies hubo pasado de nuestra posición, me permití el lujo de sentarme y mirar a las personas a mi alrededor.
La mujer que me había hablado era alta, esbelta y decidida. Sus ojos eran fríos pero su sonrisa cálida. Iba bien armada y parecía la líder del grupo. La otra mujer era también morena, algo más bajita que la otra y bastante atractiva. Sus ojos me observaban, inquisitivos y no parecí desagradarle a primera vista, me dedicó una gran sonrisa y luego miró hacia otro lado. Los hombres habían desaparecido, seguramente adelantándose por el pasillo que se abría ante nosotros. La primera mujer se agachó ante mí, hasta poner sus ojos a la altura de los míos. Yo la miré sin ningún temor. Al fin y al cabo no éramos enemigos, si no todo lo contrario.
- Quién eres y qué haces aquí.
- Vivo en el otro extremo de la ciudad. Vine por que en mi zona se han agotado las existencias de medicinas, armas y alimentos. No esperaba encontrar este recibimiento.
- Perfecto. Ya sabemos quién nos ha traído a los zombies a la puerta de casa. ¿Hay más supervivientes en tu zona?
- No lo sé. No he visto a nadie por allí y me he recorrido todas las calles cada día. ¿Cómo podéis sobrevivir aquí? Esto está infestado...
- Aquí las preguntas las hago yo.
La otra mujer se acercó y le puso una mano en el hombro a la primera.
- Mónica... no somos enemigos.
La mujer llamada Mónica se levantó entonces y se alejó con un suspiro. La otra mujer me tendió la mano. Yo la cogí y me levanté del suelo. No sabía que pensar de este grupo. Quizá eran hostiles.
- Soy Lorena. Me alegro de encontrar a alguien más aquí. Es agradable tener a alguien que no huela a muerto.
No pude evitar reírme. Me caía bien esta chica. La tensión se rompió en pedazos y volví a respirar, cosa que había dejado de hacer sin darme cuenta. Uno de los chicos volvió hacia nosotras. Era también moreno, no muy alto y con cara de buenazo. Me saludó con un movimiento de cabeza antes de mirar a Lorena.
- Todo despejado, podemos seguir.
- Gracias Victor, te seguimos.
Comenzamos a caminar por el pasillo, debía ser de mantenimiento, tenía pinta de antiguo y algunas goteras le daban un aspecto desaprovechado y un tanto macabro. Puede que un tiempo antes me hubiese dado miedo caminar por estos túneles, pero hoy en día ya nada me daba miedo salvo morir a manos de esos asquerosos no-muertos. Me incliné para hablar con Lorena, no demasiado alto, no fuera a ser que nos oyera alguien que no nos debía escuchar.
- ¿Cuántos sois?
Lorena dio un respingo. Obviamente no esperaba que le dijese nada pero enseguida se repuso y me respondió.
- De momento, unos 15. Vamos encontrando gente y se unen a nosotros. Pero cada vez encontramos a menos supervivientes. Tú eres la primera persona que nos encontramos desde hace meses. Creo que por eso Mónica se ha puesto tan sumamente nerviosa. Ya la conocerás, ella no suele ser así.
- ¿Y qué pasa conmigo? ¿Y mi casa?
- ¿Dónde vives?
- Cerca de la diagonal. ¿Dónde estais vosotros?
- Nos afincamos en un bunker subterraneo que encontramos hace tiempo. En verdad, miento, no lo encontramos, lo encontró quien nos trajo a los demás aquí.
- ¿Y los zombies?
- No tenemos mayores problemas con ellos. No salimos demasiado al exterior, solamente cuando tenemos que ir a cazar, o a por municiones. De cuando en cuando hacemos redadas, y menos mal que hoy hemos salido ¿no?
- Sí, supongo.
No hablamos más hasta que llegamos al final del pasillo. Desembocaba en una puerta de hierro. El chico, Victor, que iba delante llamó a la puerta con una extraña y complicada seña que obtuvo una respuesta similar al otro lado. Después de este intercambio, la puerta se abrió. Entré tras ellos. Miré a mi alrededor. Muchas caras curiosas me miraban desde los laterales de una sala muy grande. Tenían las armas prestas, como si fuera una amenaza y estuvieran listos para eliminarme en cuanto recibieran la orden... es más, tenía la certeza de que era así. Todos guardaban un silencio sepulcral. Al final de la sala, estaba Mónica y a su lado había otro chico, en apariencia mayor que ella. Era moreno, llevaba el pelo corto y sus ojos me miraban de forma cortante y fría. Al igual que los demás iba armado, pero no solo con armas de fuego. Llevaba un cuhillo en su bota izquierda y aunque no se veía a simple vista, una daga pequeña escondida en el interior de una de sus muñequeras. Lo suficientemente pequeña como para pasar desapercibida, pero lo suficientemente ligera y afilada como para rajar un cuello como el que corta mantequilla. Tenía heridas de guerra, eso era visible. La más importante era la marca de unos dientes en su brazo derecho. Le habían mordido... pero no estaba infectado. Debía ser uno de los inmunes. Eso era realmente una bendición. Me acerqué a ellos. Cuando estuve a unos cuantos pasos, este hombre se acercó a mí y dio una vuelta a mi alrededor.
- Nombre.
- Lourdes.
- Edad.
- 21.
- 21... veremos si cumples los 22. Dónde has estado este tiempo.
- Me quedé en una casa, cerca de la diagonal, allí tenía a mano todo lo que podía necesitar... de verdad que solo he salido de mi zona por que necesitaba comida y armas.
- Y nos has traído una horda de zombies a las puertas de nuestro escondrijo. Ahora estarán por los túneles, esperando a captar nuestro olor para atacarnos desde cualquier sombra.
- No era mi intención, pensaba que los túneles eran sitios seguros, que no entraban en los lugares oscuros.
- Tú misma lo has dicho, no entraban. Al igual que tú se están quedando sin comida, y a ellos no les importa arriesgarse si la caza les va a reportar un beneficio mayor.
- Lo siento, no era mi intención causar problemas.
- Oh, así que no era tu intención. Ahora tendremos que salir de nuevo a los túneles para darles caza. Debemos matarlos, ¿y debería yo poner en peligro la vida de alguna de estas personas por tu error?
- No.
Comenzaba a querer salir de allí. Me estaban humillando como si fuera una cría que ha roto un caro jarrón. Si tenía que morir, moriría. Era mejor que aguantar aquel bochorno.
- Ni siquiera con lo que ha pasado el ser humano cambia. Yo saldré a los túneles.
- Cuando regreses, si es que lo haces, veremos qué hacemos contigo.
- Aunque los coja y los mate, no pienso regresar aquí. Me las apañaré como he hecho hasta ahora. Puedo sobrevivir sola.
Le dí la espalda y eché a andar hacia la puerta. Justo antes de abrir escuché su voz de nuevo.
- Victor.
- Sí?
- Necesito tu escopeta. Tú, novata, espera. Me aseguraré de que vuelvas. No podemos dejar a un humano sano suelto por ahí.
Se formaron susurros a mi espalda cuando se acercó a mí. Él fue quién abrió la puerta.
- Las damas primero.
Salí de nuevo a la oscuridad del pasillo. Él me seguía en la retaguardia. Cuando la puerta se cerró y el único ruido fue el de las goteras, me habló.
- De acuerdo. Antes de salir ahí fuera supongo que tengo que informarte de la situación. Los que se colaron en los túneles son zombies de la clase 3. Rápidos y letales, aunque extremadamente tontos. Ponte en medio de un pasillo con veinte cañones a tu alrededor que se dispararán en cuanto venga, y vendrá sin dudarlo.
- ¿Teneis clases de zombies?
- Por supuesto, no todos se comportan de la misma manera ni tienen las mismas reacciones ante los ataques. Nunca los subestimes, son una nueva especie, y como tal, evolucionan. Olvídate de los zombies que has visto en las películas, esto es la realidad, y no se parece en nada a Hollywood.
Dicho esto, terminamos de recorrer el pasillo que nos separaba de los túneles, dónde nos esperaba el enemigo. Abrí la puerta esperando encontrar un regimiento de disciplinados no-muertos al otro lado, pero sólo había silencio. Mi acompañante cerró la puerta y la atrancó. No volveríamos por ahí. Me indicó que no hablara y mediante señas, nos dirigimos hacia la izquierda, la dirección en la que se habían ido. En aquel momento, rodeada de oscuridad, con una persona letalmente armada a mis espaldas que no conocía de nada y sin saber por cuanto nos superaba el enemigo en número, volví a sentir aquel miedo paralizante. Pero en lugar de dejarme dominar por él, decidí intentar utilizarlo como adrenalina, para poder estar atenta a cualquier movimiento que se produjera. Caminamos durante un rato sin encontrar rastro de ellos. Como mínimo, sospechoso. No podían haberse alejado tanto en aquel corto lapso de tiempo. De pronto escuché un pequeño ruido a nuestra espalda, como el chasquear de una rama rota, y me giré con el arma desenfundada.
La cara de mi acompañante era todo un poema cuando me vio girarme, totalmente decidida. Le estaba apuntando directamente a la cabeza. Justo entre los ojos. Levantó las manos en señal de rendición y trató de sonreír.
- Eh, tranquila, no te iba a dejar venir sola, pero allí dentro tenemos una jerarquía. Tampoco podía recibirte con aplausos después de lo que has provocado ¿no?... Pero de ahí a matarme...
- Agáchate.
- ¿Cómo?
- ¡Que te agaches joder!
No tardó ni medio segundo en obedecer mi orden, el mismo tiempo que tardé yo en disparar. Una bala, que se insertó en la cabeza del monstruo que tenía a la espalda. Cruzamos la mirada un solo segundo, pero en ese segundo nos dio tiempo de agradecernos mutuamente la atención y la aceptación.
El sonido de la bala retumbaba por el túnel, creando un eco fantasmal, como si miles de pistolas se estuviesen disparando en una feroz guerra.
- Esto no me gusta.
Se agachó a inspeccionar el cuerpo ahora muerto de quien nos había atacado.
Me acerqué a su espalda. El eco se iba apagando, como si fuese una vela que se consumía lentamente.
- ¿Qué pasa?
- Es un explorador. Nos venía siguiendo, seguramente para conocer la ubicación de nuestro escondite. Debemos volver al bunquer. Vamos a necesitar refuerzos. Tenemos que sacarlos fuera de aquí.
En el momento en que nos pusimos en marcha para intentar retroceder, comenzamos a escuchar unos gritos, muy leves, pero que venían de aquella dirección. Eran ellos, y por los gritos no eran 4 o 5.
- Son muchos ¿verdad?
- Sí.
- ¿Qué hacemos?
- Correr. Sígueme.
Conforme corríamos por el túnel, los gritos se hacían cada vez más audibles, la verdad es que eran muy rápidos y nos ganaban terreno cada segundo que pasaba. No creía que tuvieramos posibilidades de huír si sencillamente seguíamos corriendo.
- Cuando lleguemos a la estación, tírate a la derecha, en el hueco al lado de las vías.
- ¿Qué? ¿Estás loco?
- Tú hazme caso y cierra la boca.
Él me había obedecido a mí, así que aunque sintiera que se estaba equivocando, decidí obedecerle. Cuando vi que llegábamos a la estación, traté de correr más, pero los teníamos prácticamente encima, y el cansancio me hacía mella. Como los jodíos estaban muertos no se cansaban...
Al llegar a la estación me encontré sola. Él se había quedado atrás.
- ¿Qué coño haces?
- Vete, soy inmune.
- ¿Y tú?
- No podrán conmigo.
- Dijiste que nos superaban.
- Vé hazme caso. Enseguida me reuniré contigo.
No quería dejarle solo. Era de cobardes huír ante el peligro. Pero mi cerebro tenía la maldita manía de querer salvarme...
Cogí la pistola y decidí mandar a mi cerebro a la mierda. Si había que luchar, no me iba a quedar atrás mientras otro moría por mí. Me planté justo detrás de él y apoyé la pistola en su hombro. Todos los que pudiéramos matar entes de que llegaran a nosotros... serían menos enemigos infecciosos.
- ¿Se puede saber que haces?
- Ayudarte. Y no me digas que me vaya al puñetero espacio en el andén por que no tengo la mínima intención de dejarte aquí. Y si no te queda claro, te jodes hombre sin nombre.
Sonrió. A pesar de toda la tensión que había en el ambiente y los dos sonriendo como gilipollas. Traté de centrarme. Comenzamos a disparar en cuanto doblaron la curva. Los cadáveres caían al suelo sin orden ni concierto, y los que seguían “vivos” pasaban por encima de los caídos para llegar a nosotros. Las balas no dejaban de volar, era algo... casi musical. Como una serenata, una sinfonía, algo bello, pero a la vez terrible.
Se me escapó uno. Le vi venir hacia mí y me quedé paralizada. Los ojos, fijos en mí, la cara desfigurada en una mueca salvaje... no era más que una chiquilla, 15 años a lo sumo... su cabello, algún día había sido rubio, pero ahora estaba apelmazado, oscuro, cubierto de sangre... No pude dispararle, y se me abalanzó encima.
Sentí cómo me mordía. Un calor sofocante se expandió por todo mi cuerpo. Escuché un grito... y dejé de sentir el peso de la chica sobre mí. Antes de cerrar los ojos, le vi a mi lado. Me retiró el pelo del rostro y me dijo que me pondría bien. Sentí como me deslizaba por una especie de tobogán.
Después, solo recuerdo la oscuridad.

1 comentario:

  1. Mola, me ha encantado el trozo de la estación, ese sentimiento de hermandad que surge entre los personajes en un momento crítico me gusta mucho.

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